¡Maleta al agua!
En una playa de noche, la arena blanca no parece tan blanca. Las olas dan un poco más de vértigo y el horizonte no se vislumbra, lo mires por donde lo mires. Justo rebotando en las olas, un montón de maletas; diría que centenares, pero no me he parado a contarlas. En la orilla, viendo todo esto, había muchas personas: rostros conocidos, desconocidos, grandes, pequeños… Parecía que todos estaban contemplando cómo la marea se llevaba su maleta. Incluida yo. Observaba «mi maleta gris» (luego explico las comillas) sin parpadear, con la esperanza de que saliera del agua sola, porque yo de noche no pensaba meterme a cogerla. Sin embargo, lo que estaba pasando es que se iba adentrando cada vez más en ese frío océano negro y agitado. De pronto, miro para los lados y mucha, mucha gente está recuperando su maleta, por lo que mi idea de que saliera sola no estaba tan desencaminada. No te sé explicar qué hacía en esa playa, pero la sensación era la misma que cuando ves una película en la que un avión ha caído en picado miles de pies (o metros, no sé cómo se dice) y los supervivientes están en la orilla esperando a que los rescaten. Eso sí, supervivientes sanos y salvos.
Lo de «mi maleta gris»: no es mía, yo tengo una maleta azul y muy distinta, pero hace poco le pedí a mi pareja que me dejara su maleta gris, que es más grande que las de cabina (no mucho más), para ir de viaje.
Volviendo al sueño, me voy de la playa sin maleta. Rabiosa porque los demás sí la tienen. Triste porque los demás sí la tienen. Y, lo que es más importante, con pensamientos del tipo: «Joe, se me va a mojar la plancha del pelo», «Qué mierda, ahora no tengo nada que ponerme», «Hostia, los regalos que traje de Corea». Cuando me acuerdo, flipo de que en medio de un sueño esté pensando en eso.
Por un corte, porque no sé explicar por qué, estoy con mi madre comiendo en un restaurante que tiene enfrente una gran fuente de agua, enorme, gigantesca; agua que viene de un riachuelo y que desemboca en un lago enorme, gigantesco.
—Eh, mamá, mira, mi maleta —le digo a mi madre.
—Corre, vamos a ver si por el mirador vemos si ha caído al lago.
La puta maleta gris había pasado por la fuente; o sea, que el riachuelo la había traído a la fuente y la fuente la llevaría al lago. Pues nada, allá que voy, pero mi madre se queda en el restaurante. ¿Y quién está ya en el mirador observando? Mi padre.
—L’has vist?
—Xiqueta, t’has quedat sense maleta.
Pues eso, que la maleta no aparecía por el puñetero lago. Vuelvo al restaurante y pasan tropecientas personas con maletas haciendo «clac, clac, clac, clac» con sus ruedas y tan felices.
Ahora viene lo mejor. Me despierto. Y, como de costumbre, busco en Google: «soñar que muchas maletas se pierden en el mar, algunas se recuperan pero la mía no». Os haré un resumen de la interpretación de Gemini: suele vincularse a sentimientos de desamparo, miedo a perder la identidad o el control, y a la sensación de exclusión frente a los demás. ¿Quéeeeeeeee? Leo todo lo que pone. Y corrijo: «no todo el mundo la recupera». Pues la señora IA se creyó que todo el mundo la recuperaba menos yo, de ahí lo de la exclusión social. A lo que contesta: «Esto cambia el enfoque del sueño a un escenario de incertidumbre colectiva, azar y vulnerabilidad compartida». Y muchas cosas más.
¿Y sabéis qué? Tiene razón. No diré por qué tiene razón, pero me he sentido muy identificada, mucho.
Me encanta saber los significados de los sueños, pero mucho más me gusta interpretarlos a mi manera. Os animo a hacerlo y a escribir vuestros sueños. Besitos.